A pie de calle


La política también es nuestra
Durante demasiado tiempo hemos aceptado una idea peligrosa: que la política es cosa de los políticos.
Como si nosotros solo tuviéramos que acudir a las urnas cada cuatro años, introducir una papeleta en una urna y después esperar.
Pero la democracia no funciona así.
La democracia no consiste únicamente en votar. Consiste también en pensar, preguntar, exigir, participar y discrepar.
Y, sobre todo, en hacerlo con libertad.
Vivimos tiempos en los que parece que cada opinión tiene que pertenecer obligatoriamente a un bando. Si cuestionas a un partido, automáticamente te colocan enfrente. Si reconoces algo positivo de quien gobierna, algunos te consideran un simpatizante. Si criticas una decisión de tu propio partido, incluso pueden llegar a decirte que estás traicionando tus principios.
¿En qué momento dejamos de pensar por nosotros mismos?
Quizá uno de los mayores problemas de la política actual no sean las diferencias ideológicas, que siempre han existido, sino la dificultad para salir de los dogmas.
Un ciudadano libre no debería tener que aceptar un paquete completo de ideas.
Puede estar de acuerdo con una propuesta de la izquierda y con otra de la derecha. Puede apoyar una decisión de un gobierno y criticar la siguiente. Puede defender unos días una determinada posición y cambiar de opinión cuando aparecen nuevos argumentos.
Eso no es incoherencia.
Eso es pensar.
La política debería ser precisamente el espacio donde las ideas se confrontan, se discuten y, cuando es necesario, se modifican.
Sin embargo, cada vez parece más frecuente que la discusión política consista en defender a los nuestros y atacar a los otros.
Ya no importa tanto qué se propone.
Importa quién lo propone.
Y cuando ocurre eso, perdemos todos.
Porque un ciudadano que renuncia a su capacidad crítica para convertirse en defensor incondicional de unas siglas deja de comportarse como ciudadano para convertirse en militante de una causa.
Y una democracia necesita ciudadanos.
Ciudadanos incómodos.
Ciudadanos que pregunten.
Ciudadanos que no tengan miedo de decir "no estoy de acuerdo".
Ciudadanos capaces de reconocer que el adversario puede tener razón.
También necesitamos recuperar algo que parece haberse perdido: la conversación.
Hablar con quien piensa diferente no significa renunciar a nuestras convicciones. Significa tener la suficiente seguridad en ellas como para poder escucharlas frente a otras.
No necesitamos estar de acuerdo en todo.
Necesitamos aprender a convivir con el desacuerdo.
En nuestros pueblos y ciudades esto resulta todavía más importante. La política no es una abstracción. Se encuentra en el estado de una calle, en la limpieza, en los servicios públicos, en la atención a nuestros mayores, en las oportunidades para los jóvenes, en el cuidado del medio ambiente o en la gestión de los recursos públicos.
Ahí es donde deberíamos juzgar a nuestros representantes.
No por las siglas que llevan.
No por los discursos que pronuncian.
No por lo que diga nuestro entorno.
Sino por lo que hacen.
Y también por lo que dejan de hacer.
Por eso la responsabilidad no termina el día de las elecciones.
Un ciudadano responsable puede reclamar, participar en asociaciones, acudir a los plenos cuando sea posible, trasladar propuestas, fiscalizar la gestión pública y exigir explicaciones.
Y puede hacerlo independientemente de a quién haya votado.
Ese debería ser uno de los pilares de una democracia madura: no debemos nada a ningún partido por haberlo votado.
Nuestro voto no es un contrato de fidelidad.
Es una decisión.
Y como todas las decisiones democráticas, puede cambiar.
Quizá necesitamos menos ciudadanos que defiendan siglas y más ciudadanos que defiendan ideas.
Menos seguidores y más personas.
Menos consignas y más preguntas.
Menos dogmas y más pensamiento crítico.
Porque cuando dejamos que otros piensen por nosotros, también dejamos en sus manos una parte de nuestra libertad.
La política es demasiado importante como para abandonarla únicamente a los políticos.
Las instituciones son nuestras. Los recursos públicos son nuestros. Las decisiones que se toman en ellas afectan a nuestras vidas.
Por eso debemos participar.
Pero participar no significa obedecer.
Participar significa tener voz propia.
Y quizá la mejor forma de recuperar una política más sana sea precisamente esa: ciudadanos que no necesiten pedir permiso a ningún partido para pensar, criticar, apoyar o cambiar de opinión.
Porque antes que simpatizantes somos ciudadanos.
Y antes que ciudadanos de un partido, somos ciudadanos de una sociedad.
La democracia no necesita creyentes. Necesita ciudadanos libres.


Asturias, mucho más que una tierra
Hay lugares que uno visita y lugares que uno lleva dentro. Asturias pertenece a los segundos.
Para un asturiano, Asturias no es solamente un paisaje verde, una montaña, una playa o un pueblo escondido entre carreteras. Asturias es algo mucho más difícil de explicar. Es una sensación. Es volver a casa después de haber estado lejos y reconocer el olor de la tierra mojada, escuchar el sonido de la lluvia contra la ventana o contemplar una montaña que llevamos viendo toda la vida y que, sin embargo, nunca deja de impresionarnos.
Asturias está en las pequeñas cosas. En una conversación al lado de la barra de un bar, en un café sin prisa, en una tarde de domingo, en las fiestas del pueblo, en las canciones que aprendimos de nuestros mayores y en esas palabras que solamente entendemos de verdad quienes hemos crecido aquí.
También está en la memoria. En los abuelos que trabajaron duro para sacar adelante a sus familias, en las casas donde siempre había una puerta abierta, en los pueblos que fueron quedándose más vacíos y en las historias que todavía sobreviven gracias a quienes se empeñan en contarlas.
Ser asturiano también es conocer esa mezcla tan nuestra de orgullo y cierta modestia. No necesitamos presumir demasiado. Sabemos lo que tenemos. Sabemos que vivimos en una tierra privilegiada, aunque muchas veces solo nos damos cuenta cuando estamos lejos.
Porque Asturias también se entiende desde la distancia. Basta con marcharse unos días para echar de menos la lluvia, aunque cuando estamos aquí nos quejemos de ella. Para echar de menos el olor de los prados, el verde de las montañas, el mar, la sidra compartida y esa manera tan nuestra de recibir a quien llega.
Asturias no es perfecta. Tiene problemas, pueblos que pierden habitantes, jóvenes que tienen que marcharse y muchas cosas que mejorar. Pero precisamente por eso debemos cuidarla.
Porque Asturias no es únicamente el lugar donde nacimos. Para muchos es el lugar al que siempre queremos regresar.
Y quizá eso sea, al final, lo que significa Asturias para los asturianos: un sentimiento que no necesita demasiadas explicaciones. Una tierra que, estés donde estés, siempre acaba llamándote de vuelta.
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